Mis acompañamientos: Un parto reparador de heridas pasadas

Testimonio de Lara
Mónica nos acompañó como doula en el nacimiento de mi hijo pequeño, hace ahora justo un año. No tenemos familia cerca, y era fundamental para nosotros contar con un pilar de confianza que nos sostuviese a todos ese día tan importante. Yo no podía parir  tranquila si pensaba que mi nena, de entonces 21 meses, lo podía estar pasando mal sin su papá y sin mí. Así que pensamos en Mónica, para que me acompañara primero a mí durante toda la dilatación en el hospital, y luego entrara el papá para ver nacer a su hijo. Así la nena estaría el menor tiempo posible sin sus dos únicos referentes hasta ese momento.
El acompañamiento de Mónica fue muy positivo para todos, nos transmitió mucha calma, fuerza y seguridad. Durante el parto, me ayudó a relajarme y a tener de nuevo confianza en mi fuerza y mi poder de parir, que había perdido en el parto de mi hija. A mi marido y mi hija, les transmitió la seguridad de que mamá estaba bien. Y por último, y creo que lo más importante de aquel día, nos ayudó a recibir a nuestro hijo Jan en un precioso y poderoso parto natural, muy respetado. Creo que acertamos pensando en una doula, y qué suerte que esa doula fuera Mónica, gracias por todo!!
Mi experiencia con Lara y su familia
Esta es una bella historia de nacimiento y reconciliación con el acto de parir…
Tuve la primera entrevista con Lara y Javier en su quinto mes de embarazo. Desde el primer momento los dos tenían muy claro por qué querían una doula: El primer parto de Lara en un hospital de Barcelona había resultado una experiencia muy frustrante: Ella deseaba parir de forma natural, se concienció para ello, dilató en casa hasta 8 centímetros, y cuando llegó al hospital todo se paró… el desenlace fue epidural, maniobra de kristeller, ventosas y una sensación de invasión en su cuerpo y tristeza en el alma que arrastró durante todo el postparto.  A su vez, esta experiencia les ayudó a hacerse preguntas y buscar respuestas que encontraron en el foro de Crianza Natural y todo ello les unió más como pareja y les dio una dimensión de la crianza que nunca antes se habían planteado: la crianza consciente y con apego.
Para su segundo hijo querían prepararse bien y contar con el apoyo, la confianza y el buen hacer de una doula no sólo durante el parto sino también durante el embarazo y el postparto. Además las familias de Lara y Javier viven fuera de Barcelona y los dos tenían muy claro que querían que su hija Cloe de 21 meses les acompañara en todo momento. Habían decidido volver al Hospital, pues no se sentían del todo confiados para tener un parto en casa  y querían que yo acompañara a Lara en toda la dilatación mientras Javier cuidaba de Cloe y si se daban las circunstancias favorables él entraría en el expulsivo mientras yo me hacía cargo de la pequeña. Y así me lo expresaron. Lo tenían tan claro que no tuve dudas de que así sería. Y así fue…
Hasta el final del embarazo me fui reuniendo periódicamente con la familia al completo y en el octavo mes Lara expresó su necesidad de vernos un día a solas, pues deseaba explicarme algunas cosas. Y así lo hicimos, nos reunimos ella y yo, de mujer a mujer y desde ahí y contando con el espacio y la contención tuvo el valor de explicarme con lágrimas en los ojos que había sido abusada de adolescente, que la situación invasiva que vivió en el hospital la llevó directamente a revivir la experiencia y que esta vez no podía volver a pasar por lo mismo.  Respiré profundamente y aún hoy respiro mientras lo escribo, y entendí la profundidad de su demanda y la importancia de mi función en todo el proceso. No intervine en la conversación, tan sólo escuché y estuve presente.  Ella sabía que podía contar conmigo. Nos seguimos viendo y en ningún momento volvimos a hablar del tema.
Y llegó el día. A las tres de la tarde recibí su llamada y me dirigí a su casa. Lara estaba tranquila, cuidando de Cloe y esperando a Javier. Me senté en el sofá con la conciencia de ponerme al servicio de, de Lara, de Cloe, de la familia, de la situación, de lo que aconteciera. Javier llegó al poco rato. Lara estaba de pie, iba de un lado a otro y de tanto en tanto me indicaba que estaba teniendo una contracción, como si no pasara nada, como si me estuviera hablando del tiempo. Cada mujer es única, pensé. Yo me sentía tranquila, confiada, tenía la certeza de que todo iba a ir bien. Y como mi máxima es ‘menos es más’, me limité a estar presente, observar, y esperar a que Lara decidiera cuál era el momento de ir al hospital. Y su decisión llegó pronto, con convencimiento. Lara y yo nos fuimos primero, Javier y Cloe vendrían después. A las cuatro estábamos en el hospital dilatadas de 7 centímetros. No podíamos parar de sonreir, nuestra alegría era bien visible.  7 centímetros!!  La comadrona que nos atendió era un amor, amable y tranquila.  Lara le expresó su deseo de parto natural y la vio tan serena que en seguida nos dejó a solas, casi se disculpó por ponerle la vía protocolaria. Y ahí Lara y yo a solas nos convertimos en un equipo. Conversamos sobre lo bien que nos estaba tratando todo el personal, y la suerte que habíamos tenido (o la sincronicidad de la vida nos fue favorable, confabuló a nuestro favor) y a partir de ahí las contracciones empezaron a desarrollarse con más intensidad. Lara buscaba las posturas favorables a la vez que hablaba y hablaba, ella manifestó su necesidad de hablar y me puse a su disposición para escucharla. Me recuerdo haciendo los mismos movimientos que ella, sentándome cuando se sentaba, poniendo de pie cuando lo hacía ella, estirando los brazos, agachándome, siempre a su ritmo, siempre bailando su danza, haciendo uso de esa herramienta terapéutica tan potente que es el rapport.
Las comadronas y enfermeras iban entrando y saliendo siempre con mucho respeto y dejándonos muchos espacios a solas.  Apenas interactué con ellas, siempre que entraban me hacía a un lado, discretamente, haciéndome casi invisible. Es para mí importante respetar su trabajo.
Y las horas iban pasando… las contracciones avanzaban en intensidad y no tanto en dilatación… y la cara y el cuerpo de Lara se iban transformando y su necesidad de hablar poco a poco fue derivando hacia espacios de silencio y concentración. Todo marchaba bien pero quizás nos habíamos hecho la expectativa, al llegar de 7 centímetros, de que pronto acabaría y no fue del todo así.  A las 8 de la tarde llegó a los 8 centímetros. La fase de transición fue dura, como casi todas las fases de transición.  Lara empezó a decir que no podía más, como sucede tantas veces en esta fase, la mujer parece que desfallece, que pierde su fuerza, que está a punto de abandonar, se confronta cara a cara con sus propios límites y es justo ahí donde un buen acompañamiento puede hacer que un parto sea un éxito o un fracaso. Y ahí, mirándola a los ojos, le dije lo fuerte y valiente que era, la gran mujer y madre que era, lo bien lo estaba haciendo y lo bien que iba a ir todo, le recordé que hablara con su hijo  a punto de nacer y que el final estaba ya muy muy cerca, que pronto vería su carita.  En una hora la dilatación era completa pero el bebé aún no había bajado del todo…
La fuerza de las contracciones se sentía en el ambiente. Lara decidió sacarse el camisón, desnudarse por completo y arrancarse las cintas de monitoraje, la leona entró en acción. Pero Jan no bajaba… en uno de los tactos el obstetra mencionó la posibilidad de que no estuviera en la posición correcta… Pude ver el miedo  en la cara de Lara, la posibilidad de que todo acabara como su primer parto cruzó por su mente.   Lara me miró y yo le susurré con los labios, la mirada y el alma que no se preocupara que todo saldría bien. Y se lo transmití con una certeza total y absoluta.
Después del tacto nos confirmaron que todo iba bien, tan sólo había que seguir, adelante, fluyendo con el ritmo.  Entraron dos comadronas nuevas, una de ellas, era una mujer robusta, morena de piel, su cara me recordó a una aborigen australiana, ¿de dónde había salido aquella mujer? Una vez más la sincronicidad de la vida nos la ofreció (¿o hubo un cambio de turno?). La partera cogió a Lara por la cintura y le dijo ‘apóyate en mí’.  Lara, de pie, completamente desnuda, se apoyó en sus hombros con todo su cuerpo mientras la partera le ofrecía palabras de apoyo y fuerza.
Aquella mujer tenía una fortaleza antigua, tenía la fortaleza de generaciones y generaciones de parteras…  era imposible que Jan no bajara.  Yo estaba en un lado, invisible, absorta, mirando la danza de la Vida abriéndose paso ante mis ojos, y de repente recordé ‘Javier’! Sin dudarlo. le dije a la comadrona que salía fuera para que entrara su marido,  y allí estaban Javier y Cloe.  Él entró sin perder un segundo y me quedé con Cloe. Javier me contó después que el espectáculo cuando llegó fue increíble, que la cabeza de Jan ya estaba coronando y a la siguiente contracción nació. Él lo había pasado muy mal en el primer parto de su hija, se sintió como ligado de pies y manos, sin poder hacer nada, viendo a su mujer sufrir… vivir hoy el parto de esta manera, confiando en Lara, en mí y entrando justo al final, pudiendo haber cuidado de Cloe, le había reconciliado con el acto de parir y con el flujo de la vida.
Cloe se quedó conmigo, tranquila, y esperamos juntas a que Javier saliera. Lo hizo alrededor de las 11 de la noche.
Jan había nacido de manera natural, Lara dio a luz con determinación, Javier se sintió útil y yo satisfecha del servicio prestado a toda una familia y de formar parte de un parto humano, consciente y ante todo reparador de heridas pasadas.
Mónica Manso

 

Nota: Este relato está publicado con el consentimiento de las personas que aparecen en él. Sus nombres han sido cambiados para mantener el anonimato. Desde aquí mis más sinceras gracias por escogerme como doula.
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